Ir al inicioContáctenosIr al mapa del sitioAumentar tamaño textoReducir tamaño texto

 Idioma

 Webcams

 Qué visitar

 Galería de imágenes

 Servicios

 Actividades

 Experiencias

 Editorial

 Como llegar

 Pasos Fronterizos

 Eventos Deportivos 2012

 Cultura / Conciertos 2012

 Congresos 2012

 Panoramas Actividades 2012

 Volcán Villarrica

 Volcanes

 Turismo Verano

 Turismo

 Iglesia

 Destino Pucón

 Gastronomía

 Visitaron Pucón

 Colaboradores

 Historia Turística

 Historia

 Mitos / Leyendas

 Familias Fundadoras

 Flora y Fauna

 Videos

 Curarrehue

 Cultura Mapuche

 Museo Mapuche

 Platería Mapuche

 Info. Turista Chileno

 Info. Turista Extranjero

 Eventos Anteriores

 Seguros Turismo

 Proyectos Inmobiliarios

 Feriados 2012

 Medios Comunicación

 Disco Año Nuevo 2012

 Año Nuevo Pucon 2013

 Invierno 2011

 Congresos 2009/2010

 Eventos 2010

 Guia Hotelga 2006

 Ecología

 Septiembre 2011

Daniel Belmar, Esprel el Paso Heroico

DANIEL BELMAR, nacido en 1906 en el Neuquén, hijo de padres chilenos, ha escrito sobre Chile novelas como: “Roble Huacho” y “Coirón”. El autor migró a Chile con su familia en 1910 y realizó sus estudios secundarios en la región de la Araucanía, donde conoció a Pablo Neruda.

El siguiente cuento, rescatado por Nicomedes Guzmán en su “Autoretrato de Chile”, describe las vivencias de los chilenos en el Neuquén a fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Especialmente destaca las andanzas en el paso Cordillerano utilizado por estos esforzados compatriotas. Mamuil Malal, que en ese entonces recibía el nombre de Esprel, en remembranza de quien construyó la pasada por la orilla sur del Lago Quillelhue, Francisco Spröhnle.

ESPREL, EL PASO HEROICO
Desde la alta altura, y si un cóndor nos llevara en su vuelo, veríamos cómo temblando bajo el ala imponderable del viento el mapa de América desciende velozmente hacia el sur, adelgazándose y rompiéndose hasta donde la furia desatada del agua de dos mares muerde el frío confín de la tierra.
Un espinazo pétreo, rojo y grisáceo, ocre y verdinegro, se disloca en hondonadas y picachos, en mesetas degradadas, en rudos contrafuertes. Los filos enhiestos, los tajos iracundos, rasgan los ventarrones que ululan como bestias. Las tempestades, al chocar contra las salvajes laderas, amortiguan, rugiendo, la brutal embestida. Vuela entonces la nieve suelta de las cumbres en finas plúmulas que el viento arrastra y sacude, funde y disgrega hasta compenetrarse de su esencia aterida. Sólo glaciares y ventisqueros permanecen inconmovibles, gigantes milenarios de corazón helado.
La primavera y el verano aquietan el riguroso panorama. El sol derrite las nieves. Las torrenteras se desbordan. Los ríos crecen. La cordillera descubre los bravíos secretos subyacentes bajo los mantos cándidos y mortales, y verdes briznas.
florecillas celestes, insectos tenaces, aparecen en las grietas de la piedra taciturna. Y por entre las brumas que el sol desgarra aprisa emergen los boquetes sombríos:
Pino Hachado, Llamuco, Esprel, Tromen. Después, jinetes solitarios o lentas caravanas penetran y traspasan, hacia uno y otro lado, la ceñuda barrera.
Si pudiéramos, siempre desde arriba., limitar nuestra visión geográfica a la tajada térrea que se extiende entre los paralelos 38 y 40 de latitud sur, nos sería dable ver las vértebras andinas separando dos disímiles territorios.
Al oeste, una pestaña vegetal.
En Las pupilas azules de sus lagos se reflejan los bosques frondosos, los conos inmaculados de los volcanes, la sombra fugaz de los pájaros.
Ríos innumerables cruzan valles apacibles, ondulando por entre las depresiones de las lomas bajas, o reptando bajo el dosel misterioso de las montañas vírgenes.
Corre el agua hacia el mar, hacia el Pacífico cercano. Y desde las arenas litorales la lejanía es un polvillo azul que se tamiza en nieblas de oro.
Estamos en 1890, en la Frontera mapuche, en el aledaño de la gesta aborigen.
Puerto Saavedra, Carahue, Temuco, Villarrica, Pucón, Curarrehue y Puesco, jalonan, de mar a cordillera, la tierra sometida.
Los caciques, sabios y sesudos, aconsejados acaso por las sabinas blancas cautivadas en los malones, deponen las armas. La flecha yace enterrada al pie del canelo sagrado. Venancio Coñuepán, Esteban Romero, Neculmán, Melivilu y Manquilef, señor de Pelale, mandan sus hijos a las escuelas, guardan el chiripá, sonríen.
Cornelio Saavedra, Basilio Urrutia, el ministro Recabarren, sonríen también.
La pacificación de la Araucanía ha terminado.
Pescadores y artesanos, montañeses y labriegos, empresarios y mercachifles, españoles, gabachos, “champurrias”, camineros y bandidos, llegan en tren a las puntas de rieles, avanzan por los caminos apenas delineados, navegan los ríos, dominan la tierra.
Curicanos y linarenses, colchagüinos y chillanejos, lajinos y yumbelinos, roturan sus parcelas en las inmediaciones de Victoria, de Angol, de Traiguén, de Quino. Rozan, siembran, cultivan, plantan y construyen. Los aserraderos zumban en los calveros del apretado boscaje, y las carretas “chanchas” transportan las hermosas maderas: el laurel oloroso, el pellín de corazón purpúreo, el avellano alicatado, el raulí imperial. Brota el trigo hogareño, la lenteja endiablada, el maíz orgulloso. Y la manzana tierna y asombrada, la ciruela turgente, la pera sensual.
El chucao grita en la espesura de “collanes” centenarios, y el eco agorero torna y retorna, gira en las oquedades, planea en la floresta y se extingue en la verde sombría profundidad.
El hombre observa desde el valle.
Pasan las nubes, el sol. La mirada del hombre oscila entre la cordillera de Nahuelbuta y la sierra andina. Choca en esos grandes muros. La imaginación trabaja entonces su mundo de maravilla. Pero el hombre ama el terruño conquistado con sudor y ternura. Desea allí vivir.
Y allí morir.
Y al este, ¿qué hay al este de las grandes vértebras de piedra?
La tierra salvaje y olvidada, monótona y agria como el mar, absorbiendo como él la alegría del hombre, reduciendo su anhelo, paralizando su sentido humano, transformándolo desde la cuna en tumultuoso torrente de instintos desatados, contenidos sólo, acaso, por la infinita soledad.
Es la tierra sin árboles ni montañas, llana, enorme, propiciando el nomadismo, la tierra de horizontes sumergidos, invitando al viaje incesante, a la marcha sin regreso, a la inestabilidad. La tierra despoblada, silenciosa, continua, apenas solevantada a lo lejos por ligeros lomajes desnudos que forman arrugas esteriles, angostos cañadones donde el hombre cansado de vagar asienta su vivienda para preservarla de la furia del viento, de la cellisca, de la nevazón.
Son las llanuras ilímites, las sabanas sin término, las pampas argentinas del Neuquén, holladas sólo por cascos y pezuñas salvajes, por el paso silencioso del puma o la carrera fulgurante del avestruz, y en donde la presencia del hombre es un elemento sobrepuesto, ajeno, extraño, desconectado de su especie.
El general Roca, Alsina, el adelantado don Elías Arze, corren la frontera civilizada desde Tandil, en la provincia de Buenos Aires, hasta Río Negro por el sur, y hasta Catanlil, en las estribaciones andinas, por el oeste.
La indiada indómita, pampas, picunches, tehuelches, ha sido exterminada. Namún-Curá, Çatriel, los ‘capitanejos bárbaros, son apenas nombres de leyenda en los lejanos tolderíos de cuero.
La pampa ha quedado sin habitantes. Sólo bestias y pájaros: la víbora artera y el quirquincho huidizo; el chingolo apático y el carancho bobo; el guanaco elástico y el zorro prudente.
Los árboles no se espesan en bosques. El ombu filosófico y paterno, el ceibo de rojas lámparas, el chacay inhóspito, crecen solitarios en la estepa verde alfombrada de pasto coirón, o a la orilla de los grandes ríos que llevan hacia el Atlántico el mensaje de las tierras altas.
Nada más. Nada sino el cielo, el viento, la llanura interminable, las misteriosas lejanías y las constelaciones australes derrumbándose tras el hundido horizonte.
Volvamos a la Frontera mapuche.
Sí, volvamos. Ya lo dijimos, corre el año 1890.
—Viva Balmaceda! —gritan los labriegos eufóricos.
En las afueras de los poblachos terrosos, en los cruces de los caminos, las fondas acogen al parcelero esperanzado, al caminante medroso, al fiero salteador. La cazuela nutricia, el pebre picante, el vino robusto, encienden la conciencia y abren las puertas del entusiasmo.
—¡Viva Balmaceda, por la misma.. !
El Presidente quiere poblar la zona, y hace vender a tres pesos, sí, señores, ¡a tres pesos!, la hectárea del nuevo territorio fiscal.
En Victoria, en Angol, en Traiguén, los delegados del Gobierno anotan nombres, distribuyen tierras, reciben dineros.
Juan Pérez, Luis Martínez, Emeterio Burgos, Leandro Artigas, Froilán Contreras.
Segundo Soto, Aurelio Silva, José Ormeño, Antonio Figueroa, Laureano Molina.
—¡Veinte hectáreas en La Mariposa!
—¡Treinta en El Salto!
—¡Cuarenta en Quechereguas!
Pasan de mano a mano los densos, amables condoritos de oro, los gordos y fríos pesos de plata.
—Señor delegado, ¿y las escrituras?
—No, escrituras todavía no; este otro año vendrán inscritas desde Santiago; conténtense con estos recibos.
Manos callosas doblan con infinito cuidado el papelote de historiados garabatos.
—¡Viva Balmaceda!
—¡Salud, compadre, por la rechupalla!
—¡Ja...,ja...,ja!
Las escrituras, este otro año.
Nunca llegarán.
La guerra civil mancha la República.
Concón... Placilla... El suicidio del Presidente.
Los gobiernistas se desbandan, perseguidos y cazados como alimañas por los insurrectos. Se produce brusco desplazamiento de funcionarios. La revolución coge el poder y voltea el plano político. Vuelven los desalojados a ocupar sus reductos. Entran en juego nuevos intereses.
En el norte, Mr. North amplía su reino salitrero.
En el sur, la Frontera debe someterse al imperio de una entidad implacable: la Concesión Territorial.
La marea de los acontecimientos golpea sin gran violencia la playa verde, pero el reflujo abandona desechos: policías y autoridades venales, cagatintas serviles, tinterillos ladrones. Este batallón podrido obedece, ciego, las órdenes del dios sin rostro la divinidad lejana y feudal: la Concesión. Y arrasa a sangre y fuego la tierra triguera, manzanera, lentejera.
Algunos colonos resisten. ¡Bala con ellos! ¿Cuántos han muerto? Nunca se ha de saber.
La mayoría, desvalida ante la fuerza todopoderosa, abandona pasivamente lo que pudo ser la heredad, dejando en pos ranchos quemados, sembradíos rotos.
Pero el rencor fermenta adentro.
Y ahí van los hombres, por el camino, picaneando entre maldiciones los novillos cerriles mientras en las carretas chanchas se amontonan niños, pilchas, mujeres.
Son labriegos, nada saben sino destripar terrones, nada sino enterrar semillas. Y nada puede ofrecerles la ciudad incipiente, el caserío que es apenas campamento.
Acostumbrados a la vida libre y esforzada, dueños del agro y de su fruto, no aceptan el servilismo del inquilinaje. Algunos, los rebeldes, los tocados por la injusticia, se echan al campo y forman bandas de cuatreros, de contrabandistas de ganado, de bandidos. La policía los persigue inútilmente. Sólo mucho después. Hernán Trizano y sus Gendarmes de la Frontera los exterminarán.
El resto, esos campesinos despojados, robados, humillados y empobrecidos, miran desde los valles los muros cordilleranos en tanto una palabra mágica aletea en torno al corazón:
¡Neuquén!... ¡Neuquén!... ¡Neuquén!
Neuquén, la tierra de nadie. Canaán.
Y emigran. Pocos al principio. Después, cientos. Más tarde, miles.
En 1913, don Carlos Yávar, cónsul chileno en la ciudad de Neuquén, registra más de veinticinco mil compatriotas, colonizadores del inmenso territorio.
Desde Chosmalal hasta el Chubut, desde San Martín a Choele-Choel, los chilenos vencen el desierto, alientan vida y riqueza, multiplican las majadas, y crean junto a los puestos desolados la imagen de la patria inolvidable. Algunos, los menos, cometen fechorías. Crece la leyenda negra. Los escasos puesteros gauchos, los bolicheros gallegos o franceses, observan con temerosa hostilidad la dionisíaca arrogancia de estos desharrapados y alegres invasores.
Van y vienen por el Esprel, vaso comunicante entre el Neuquén y la Frontera. Vienen, arreando ganado propio o ajeno. Van, en busca de mejor vida, huyendo del terruño amado pero ingrato.
—En cuatro días más, si Dios quiere, llegaremos a Traful —murmura Baldomero Peña, mientras termina de armar la rústica tienda bajo airosa araucaria.
La mujer, pensativa y silenciosa, nada contesta. Encuclillada junto a la fogata, revuelve el “pavo” de harina tostada con chicharrones rancios.
—¡Si Dios quiere! —dice por fin. Prueba, soplando, el caliente potaje, y llama—: ¡Quelo!... ¡Pepito!
En los matorrales vecinos asoman dos alborozados rapaces que engullen apresuradamente su ración. El hombre y la mujer comen con parsimonia, hundidos en densos pensamientos.
Transcurren los últimos días de diciembre.
El sol destella, arriba, en los picachos que flanquean el Esprel. En las inmediaciones el río Trancura forma remansos, se embalsa a trechos, y luego desciende con rapidez vertiginosa.
Ahí están los viajeros, en el vallecito de Puesco, en donde acamparan a media tarde. De madrugada cruzarán el ríspido boquete.
Menudas esferitas rojas aparecen en las manos de los muchachos. Las mastican un instante, chupan el jugo, escupen los hollejos.
—¡Murtillas, mamá!... ¿Quiere?
—Fíjese, papá, en un tronco volteado había dos lagartijas; el Quelo le pegó con un palo a una y le sacó las tripas, pero la cola quedó viva y empezó a enroscarse y a estirarse; la otra lagartija se la quiso comer, pero la cola no se dejó, y el Quelo mató también la otra lagartija.
―¡Ah!
Uno de los muchachos observa de pronto atentamente la altura.
—Aguaite, papá, aguaite!... ¡Tantos matapiojos!
El hombre se levanta y mira al cielo, intensamente preocupado. Un centenar de grandes insectos alados revolotean por encima de las araucarias.
—iDios!... ¡No son matapiojos, hijo, no, son langostas! ¡Mal va a empezar el año!
Y suspira.
—Pueda ser que la plaga no alcance a Traful... Hace dos meses, cuando fui a Lautaro en busca de ustedes, dejé allá plantada una chacrita junto al río; creo que no vamos a encontrar ni rastros; quizás si para bien; no quiero seguir más con el gallego Córdova, es muy atropellador; sacaré mis ovejitas y nos iremos a orillas del Caleufu, a Alaleicura, a tentar suerte…
1894... 1895... 1896...
Santiago Córdova, el bolichero de Traful, es un español levantisco y atrabiliario, irascible, pendenciero. Solamente los taciturnos ovejeros indios son capaces de tolerar su constante iracundia.
Es que el medio resulta hostil, duro, y la vida peligra a cada instante. Es necesario defenderla, madrugando al adversario en la mayoría de los casos. Matar o morir. No hay otra alternativa.
Celestino Calderón, oriundo de Padre Las Casas, en los aledaños de Temuco. trabaja con dos hermanos en los caminos. Ruda labor, de guapos y “paleteados”. Y mal pagada.
El “roto” caminero, cansado de partir piedras, cae también en el embrujo de la emigración. Y parte en un caballejo fiado, charqui y harina en las las alforjas, prometiendo regresar con hacienda propia.
Puesco... Esprel... Junín de los Andes... Traful.
Polvo y sudor… Mate y churrascos... Y horizontes.
Al bolichero Córdova le han robado unas vaquillas. Vive furioso desde entonces. Culpa a los vagabundos chilenos. Su mujer, española levantina, sin hijos, comparte la ira del nuevo conquistador llegado a las Américas en camiseta y alpargatas, y hoy dueño de boliche y estancia.
Celestino Calderón, raído en prendas, humilde, pero orgulloso y duro de agallas, desmonta junto al palenque y penetra en el boliche.
El español, mientras la española revuelve mercancías, lo increpa con acritud:
—¿Qué desea el amigo?
—Busco trabajo, patrón.
El bolichero se engrifa al escuchar el acento.
—¿Chileno?
—Sí, patrón.
El rostro del español se torna cárdeno. Es un individuo gigantesco, huesudo, de párpados salidos y gruesa nariz de caballete. Se acerca al forastero, lo mira furibundo, los ojos casi fuera de órbita, y barbota el rechazo ladrando las zetas:
—jFuera!... ¡Fuera los ladrónez!
El recién llegado se entiesa, despreciativo.
—jQué es lo que te pasa, coño desgraciado!
El español golpea repentinamente, con brutal violencia, el mentón del forastero. El hombre da vueltas por el suelo y se endereza como un gato, un puñal en la diestra.
El revólver del bolichero destella su níquel trágico.
Se escucha agudísimo grito:
— ¡Mátalo!
Es la mujer. En sus brazos apunta una carabina.
—¡Mátalo!
Suena un disparo. El forastero cae, un hombro astillado. En ese mismo instante penetran al boliche dos puesteros chilenos. Su ruda, silenciosa, amenazante presencia, rompe el clima de tragedia. Sin despegar los ojos de La pareja armada, se llevan al herido. Este, muy pálido, tampoco aparta las pupilas, frías de odio y sombrío rencor.
Sobre el suelo ha ido quedando un rastro de sangre.
…1897... 1898… 1899…
En Padre Las Casas se organiza la expedición. Celestino Calderón vino del Neuquén con diez caballos, algunos nacionales, una barba agreste y un hombro caído. Y regresa en compañía de cinco guapos, sus dos hermanos entre ellos. Armados de “chocos” van a vengar la afrenta.
Curarrehue, Puesco, Esprel, Caleufu … Se detienen una noche en el puesto de Baldomero Peña. Allí ha pasado un invierno Celestino, curando su herida, acogido con hospitalidad de estirpe bíblica.
Y allí entrega, agradecido, humildes regalos: una bota de vino tinto para el padre; una guitarra chillaneja para el mayor de los muchachos, un adolescente sentimental y cantor.
En torno al fogón tutelar churrasquea ese pequeño mundo perdido en la vastedad de la pampa. Celestino, el puestero y su familia, a la usanza gaucha: cortando la carne junto a los labios. Los demás, de cualquier modo. Circula luego el mate amargo.
El muchachote tiempla y afina las bordonas sin hacerse rogar:

La tarde era triste, la nieve caía,
y un blanco sudario los campos cubría...
Ni un ave volaba, ni oíase un rumor...
Ni un ave volaba, ni oíase un rumor...

La voz se alza atiplada, más sugerente y melancólica.

Allá por el campo, cruzando la huella,
marchaba muy triste, muy pálida y bella,
la niña que


El cantor se atasca, ruborizado.
—No recuerdo la letra —se disculpa.
Uno de los circunstantes termina la estrofa:

la niña que ha sido del campo la flor,
la niña que ha sido del campo la flor...


Y a continuación interroga, interesado:
—Diga, joven, ¿dónde aprendió esa canción?
—Días atrás por aquí pasó un chileno, un “falte”; él me la enseñó.
—Ah..., porque yo conozco al autor... ¿Dónde? Ah. .., en la cárcel de Temuco, pues. No me avergüenza confesarlo, me pasé en las copas después de un pago y le falté el respeto a un “paco”. Me tiraron treinta días. Ahí estaba encerrado, por diablo, don Raúl Luna... Muy aficionado a La plata ajena. Decía que sólo estafaba a los tontos ricos. Así sería. Que yo sepa, nunca golpeó ni tajeó a nadie. Era medio poeta. Contaba que la policía argentina lo espantó de Mendoza y lo obligó a cruzar la cordillera por el Trasandino en construcción, de a pie… Era invierno, la nieve caía, entonces escribió la canción... Don Raúl Luna, qué simpático y caballero...
El puestero aventura una pregunta:
—Para dónde marcha, don Celestino?
Y el antiguo caminero, reticente:
—Dios sabe más, don Baldomero… A lo mejor, a “descargarme’’…
Y sorbe ruidosamente el amargo.
La venganza se cumple a medias. El bolichero Córdova anda por Zapala cuando la tropa cae en las casas de Traful. Salva la vida, pero no la honra de su hembra,
Los cinco hombres pasan por ella.
No tocan el boliche. No roban ni una aguja.
Después, se hacen humo.
¿Volvieron a Chile? ¿Se los tragó la pampa?
…1900…
Nadie sabe por cuál razón el doctor en caballos don Abdón Martínez, titulado en los corrales, del Club Hípico de Santiago, hombrecillo diminuto y gran jinete, da vueltas por el Neuquén. El dice que parientes ofendidos querían casarlo con una dama horra de encantos. Pero alguien muy informado habla en sordina acerca de no se sabe qué caballo muerto, valioso animal que no resistió ciertas ásperas dosis de estricnina.
El hombre viaja de puesto en puesto, un mes aquí, otro allá, curando ubres, hocicos, tiñas, úngulas partidas. Pronto viste a lo compadrito y adopta la voz de ausencia del criollo. Aprende a rascar las tripas y los cantares pamperos: tristes, vidalas, gatos, estilos.
No hay esquila, carrera o capadura en donde no asome su vivaracha estampa. Mira largamente los caballos, en especial los corredores. Ah, y qué mágicos dedos tiene el bellaco. Hace hablar a las cartas. Ni el truco ni el monte le reservan misterios. Pero es rumboso. Y así se hace perdonar la espléndida suerte.
Por donde va, mira y remira los caballos, observa pezuñas, tendones, ancas; los prueba en cortas y veloces carreras, registrando cada detalle con rigurosa exactitud.
Y así, yendo de puesto en puesto, a principios de octubre desaparece del Neuquén.Nadie lo echa de menos.
Al cabo de dos semanas asoma en Santiago de Chile.
Sentado a la mesa de un bar, mientras cuatro individuos escuchan atentamente, el doctor habla con sigilosa convicción. Susurra Las palabras, moviendo dedos sentenciosos; informa de minucias, esboza planes, demuele reticencias y desconfianzas.
Convence.
—Bien —dice por fin un tal llamado Escalona—. Espéranos en Villarrica, en ocho días más estaremos allí con la plata y lo otro... Y “calleuque”, ¿eh?... Ya sabes: si nos engañas, mejor sería que te enterraras.
El doctor protesta:
—Che viejo, ¿qué pavadas son ésas?... ¿Es que no me “conocés”?
Todos ríen. Y beben.
El acuerdo se cumple fielmente. La tropa, cinco jinetes, un carguero mular y una fina yegua parejera, bordes las límpidas aguas del lago Villarrica, pasa de largo por Pucón y se detiene en Curarrehue.
Allí, desde hace largos años, vive el cojo Mellado. Viejo cuatrero en retiro, mantiene no obstante estrechos contactos con la gente del “arte”. Es burlón, paternal, impenetrable. Nunca ha visto nada sospechoso. “¿Arreos clandestinos? Si no ha pasado ni tan siquiera una borrega, señor sargento. No puedo vender mi alma al diablo, caballero. ¿Para qué le voy a mentir?”
El doctor prepara sus pinzas, sus cuchillos, sus tijeras, rasura la piel a trechos, chamusca grandes extensiones del brillante pelaje, transforma y afea con cuidado exquisito, sin provocar el menor daño, la estampa reluciente de la parejera.
Salvo el doctor, el resto de la cuadrilla trueca sus vestimentas por pilchas misérrimas. Y parte la tropa astrosa, seguida por la mirada burlona del cojo.
Harapos, si. Pero bajo los harapos, gordas billeteras y “Colts” de rápidos ladridos.
…Puesco... Esprel… Tromen…
Acampan los viajeros en las inmediaciones de Junín de los Andes, en espera del gran día que se aproxima: las carreras de Navidad, justa bárbara que atrae gente desde lejanos confines y en donde más de alguno deja vida y tripas.
El doctor va y viene, misterioso, excitado.
Polvo, sol, caballos, criollos, indios, chilenos.
Apuestas y billetes.
Y caña.
La raída tropa, desechando desafíos menores, se apronta para la última carrera.
Un airoso alazán coludo cruza la pista polvorienta. Su dueño, un gaucho viejo, reta despreciativo:
—¡Quinientos nacionales a mi “cabayo”!
La suma es respetable. Se adelanta el llamado Escalona.
—Conmigo, don... —exclama.
—Cuál es su pingo?
—¡Esta yegüita!
—Esa yegüita…, ¡Ja..., ja..., ja!
—De qué se ríe, don...? Si quiere, ¡resubimos!
El criollo corta la carcajada en seco. Agranda los ojos en cómico estupor. Empieza a juntarse gente.
—No haga el zonzo, amigo... No pierda su platita.
—¡Lo que pasa es que a usté se le heló!
—¿Eh? ¿A mí?... ¿Se atreve con tres mil?
—¡Y con cinco también!
—¡Canejo! ¡Y vamos a los diez mil!
—¡Y si quiere, a quince!
—No tengo tanto dinero, pero vacas sí que tengo.
—Nada de vacas, don... No somos arrieros. Platita nada más...
¡Donde mis ojos te vean!
Arrecian las apuestas. Emerge una especie de pugna rencorosa, una suerte de competencia hostil.
El juez de carreras recibe cerros de billetes. Ante el asombro general, la tropa desarrapada extrae desde debajo de los harapos, incansablemente, fajos y fajos.
Muchos paisanos observan la condición deleznable de la yegua, y apoyan al dueño del alazán.
Por todas partes criollos y chilenos se enredan en el torbellino de las apuestas. Los criollos, alborozados. Los chilenos, temerosos pero decididos. Es que allí se juega algo más que dinero.
Sobre los lomos de la yegua acondicionan un casco chileno con estribos cortísimos. Ríen los circunstantes. El doctor jinetea. Sobre el alazán monta, en bastos, un mozo.
La yegua es una saeta. Vuela. Gana la carrera a lo menos por veinte cuerpos.
Los perdedores, mohínos y azorados, arman el desquite al naipe. Pero los dueños de la yegua deciden viaje en la misma tarde. Como al descuido muestran las negras grupas de los “Colts”.
Abdón Martínez cuenta más tarde, ya de regreso en Santiago:
—Con Diana, che, hija de Escipión y Maporita, nos llenamos de nacionales en el Neuquén... ¿Estafa? ¡Quién sabe, che!... ¡La gran siete, nos iba el pellejo!
...1901...
Al comenzar el siglo XX, el Gobierno de Buenos Aires, interesado en poblar el inmenso país, promueve la emigración de argentinos hacia el sur. Desde San Juan y Mendoza, desde Salta y Corrientes, bajan colonos criollos hacia el Neuquén, Río Negro y Chubut.
Y no tan sólo argentinos. La poderosa corriente inmigratoria europea, embalsada de preferencia en las ciudades, suelta algunos aventureros cuyo único propósito es una suerte de reconquista centrada en el chalaneo y la rapiña.
Así los bolicheros gallegos del Limay, del Caleufu, del Traful. Y así también, entre tantos, el austríaco Gebaert, a quien el Presidente Roque Sáenz Peña confiere la misión de organizar la Policía Fronteriza.
La inmensidad desolada se puebla lentamente. Todavía es inmensa y desolada, pero toda esperanza en ella cabe. Y al hombre le sobra espacio para vivir. Y donde morir.
La convivencia se establece tácitamente, sin roces de verdadera importancia. El puestero gaucho y el colono chileno fraternizan poco a poco, imbricando en la dureza de la vida pampera las comunes alegrías y los mismos sufrimientos. Ya no tienen cabida los asesinos ni los ladrones de ganado. Solamente los hombres de empuje, aquellos esforzados que vencieron las distancias, la soledad, la pasional y fosca geografía.
Mas, de pronto, algo empieza a moverse en la sombra, una voluntad tenaz y rencorosa que dispara órdenes de exterminio.
La Policía Fronteriza echa a andar. El siniestro emigrado asesina sin proceso a puesteros chilenos. Cunde el pánico. La leyenda empieza a distorsionar la historia, dando luz a obscuros perfiles. Las noticias, verdaderas o fabulosas, se esparcen sin contrapeso.
—Dicen, don Baldomero, que el Presidente no nos tiene voluntad. Dicen que siendo coronel del Ejército argentino peleó a favor del Perú en la Guerra del Pacífico y cayó prisionero de Baquedano... Dicen que nunca olvidó la humillación, y ahora se está desquitando... Dicen que el comandante Gebaert no está prohibido de nada... Si me pillan diciendo estas cosas, me “afusilan”... ¡Estamos jodidos!... ¡Nos van a matar a todos!... ¡Mejor es volver a Chile!...
—¡No! ¡Yo no me voy! ¡Soy un hombre bueno y nada temo! ¡Mañana mismo me voy a Buenos Aires, a hablar con el embajador!
El puestero concita voluntades. Y parte. Un mes después se halla de regreso. Fatigado y escéptico.
—El embajador apenas me escuchó. Dijo que yo exageraba, que no podía ser tanto, que los chilenos tenían mala fama, que las relaciones estaban tirantes, que haría lo posible…
—¡Dios, y aquí siguen matando gente! ¡Dicen que ya han dado vuelta más de doscientos!... ¡Yo me voy!
—iLo dicho, yo no me voy! ¡Y si vienen, me defiendo a balazos!... ¡Que me maten! ¡No me voy!
Pero el embajador hace lo posible. La diplomacia ata sus finos hilos, y el telégrafo envía sin cesar los mensajes cifrados. Por encima de las altas montañas. A través del mar.
Desde la India lejana viene un joven diplomático chileno y se hace cargo del Consulado General del Neuquén: don Carlos Freraux.
—¿Don Carlos Freraux? ¡Virgen Santa! ¡Estamos salvados! Dicen que en la casa de su familia, en Arica, vivió el Presidente cuando cayó prisionero el 79. El nos defenderá. Pero me voy a Chile. Dicen que el Gobierno está dando tierras a los emigrados…
—¡Así será! ¡Yo no me voy!... Yo y mis hijos somos chilenos, es cierto. ¡Pero mis nietos son argentinos! La sangre amarra a la sangre, amigo. No dejo estas llanuras. Me dieron vida y esperanza... Y eso algo vale. ¿No le parece?

Recopilación: Rodrigo Ulloa Metzger

Derechos Reservados © Punta Sur Ltda. 2002-2007

 Puconinos no temen al Villarrica
 Mandatarios en Pucón
 Luis Orrego Molina, Pucón un poco de historia y vacaciones con descanso
 Francisco Manriquez Belmar, El Campo Chileno de Antaño y Hogaño
 Arnold J. Toynbee, Entre el Maule y el Amazonas
 Adrian Patroni, Bellezas de los Lagos Argentinos - Chilenos
 Luis Durand, esbozos del turismo nacional.
 Juan Gana, Dios reside en Pucón
 Luis Durand, camino de tierra a Pucón.
 Jorge Teillier, Escritos sobre la Frontera

login

 Hoteles

 Hostales

 Hospedaje

 Apart Hotel

 Hosterías

 Cabañas Caburgua

 Cabañas en Pucón

 Cabañas Lago

 Cabañas Volcán

 Cabañas Villarrica

 Cabaña Curarrehue

 Camping

 Termas

 Cafeterías

 Comida rápida

 Restaurantes

 Rent a Car

 Servicios Públicos

 Transporte

 Educación

 Disco / Bar / Pub

 Estación Servicio

 Radio y TV

 Casa Cambio

 Marinas / Náutica

 Galerias Arte

 Corr. Propiedades

 Condominios

 Arriendos

 Inmobiliaria

 Seguros

 Construcción

 Tour operadores

 Agencias Turismo

 Canopy / Zip-line

 Hecho en Pucón

 Avisos Económicos

 Ventas

 Departamentos

 Centro Comercial

 Jardín / Vivero

 Veterinaria

 Lavanderías

 Web

 Turismo Esotérico

 Emergencias

 Farmacias

 Servicios Básicos